jueves, 6 de noviembre de 2014

Entrevista a Banda de Turistas

El texto a continuación es una entrevista realizada a dos de los integrantes del grupo Banda de Turistas. En la edición de noviembre de la revista Billboard Argentina se publicó buena parte de esa charla, que tuvo lugar en una casona devenida sala de ensayo en los límites de los barrios porteños de Monserrat y San Telmo. Acá abajo, va el diálogo (casi) completo.


Sonido generacional

El quinteto exhibe su cuarto álbum de estudio, Lo que más querés, que tiene a Química como principal corte de difusión. La banda quiere llegar a un público coetáneo, al que ve huérfano de referentes.

Por Agustín Vázquez

Algo menos de una década en la escena, cuatro discos editados y muchísimas horas de gira, por la Argentina y también a lo largo y ancho del continente, incluyendo países como Chile, Perú, Uruguay, Colombia, México y Paraguay. Con canciones como Química y Delivery de Milagros, el nombre de Banda de Turistas inexorablemente va ganando aún más popularidad. Dos de los cinco integrantes del grupo, el bajista Bruno Albano y el guitarrista Luis Balcarce, dialogaron sobre el momento que atraviesan.

¿Qué expectativas tenían con el disco y cómo está respondiendo?
Bruno: Nunca se tienen muchas al momento de hacer el disco. Y la primera expectativa que surge es la de superarte, compositiva y musicalmente. Cuando las canciones empiezan a tomar forma y toman una dirección, ahí sí se piensa en el concepto del álbum y en todo lo que pueda pasar después. Lo curioso es que nosotros ya teníamos la canción Química sonando antes de grabar el disco. Habíamos grabado tres canciones con Juanchi Baleirón, se cortó Química en octubre del año pasado aproximadamente, y el disco lo empezamos a grabar en enero. Sí surgió una inquietud diferente porque había algo previo y había que hacer un disco que completara esa canción.

Luis: En los ´60 pasaba eso, una banda grababa un simple, si el tema estaba bien, recibían apoyo para grabar un disco. Nos gustó jugar ese juego. Logramos hacer un disco bastante ecléctico, por la variedad real. Intentamos hacer de cada canción un estilo, una composición diferente. Bruno y Tomás escribieron las letras, con enfoques distintos, paisajes diferentes. En el álbum encontrás de todo: balada, electrónica, dark... y Química es un tema netamente popular, que superó lo que esperábamos. Hay temas, como Lagrimal, que veo que pueden ser de una banda abajo de un sótano, con un espíritu muy under. Encaramos el disco de manera desprejuiciada, independientemente de lo que pide la industria, de las etiquetas. La idea es romper conceptos. Se hizo con amor, entrega y esa cuota de profesionalismo que hace que todo suene bien.

Habían acumulado entre 40 y 50 temas, ¿fue difícil elegir sacar tantos? ¿y con qué criterio?
Bruno: Hubo un año de composición, desde fines de 2012 hasta fines de 2013. Queríamos ver hasta dónde podíamos llegar con la composición y en un momento nos dimos cuenta de que teníamos cerca de 50 canciones. Empezamos el 2014 haciendo un proceso de elección, había temas que tenían una personalidad un poco ajena a lo que estábamos buscando. Queríamos canciones con una impronta más accesible. Nos juntamos con Tuta Torres, productor del disco, quien nos ayudó a elegir. Trabajamos unas 15, y después quedaron 10, que eran las mejores para Banda de Turistas en ese momento.

Luis: El desafío era identificar cuáles eran esas puntas de lanzas -las canciones- para mostrarnos ante el mundo. Y tenía que ser algo acotado. En este mundo de sobreinformación, sacar un disco de 50 canciones sería suicida.

Solo Calamaro lo hizo: sacó 103 con los cinco discos de El Salmón.
Luis: Claro, pero él ya tenía su trayectoria, su nombre.

Buscaban canciones más accesibles y que interpelaran desde lo físico. ¿Tiene que ver con la época? ¿Cómo es tocarlo en vivo, gana fuerza?
Bruno: Podíamos hacer un disco instrumental, o de una hora y media, pero solo nos iba a gustar a nosotros. E íbamos a quedar como unos locos. Eso ya lo hicimos, ahora queremos hacer la locura más accesible para que cierta generación, la nuestra, se vea representada por estos valores estéticos. Hay una generación caracterizada por algo de desdén hacia el mundo, por la modernidad, algo perdida y sin referentes.

¿Hay un vacío de referentes?
Luis: Hay un vacío generacional. En el rock argentino hay un hueco.

Bruno: Ya no hay figuras con una mística y un misterio como podía ser el Indio Solari en los ´80. Y de hecho ya no le es necesaria a la gente, pueden ver detrás de eso ya. Se cambió el panorama de lo que es el ídolo, el mito. En cierta medida me parece que está bien, pero no hay algo superador tampoco.

Tal vez hay una generación sub-30, pero con un techo de cristal...
L: Hay una ebullición de bandas nuevas, eso nos gusta. En 2005, 2006, no había ni la cuarta parte de las que hay hoy.

B: En esa época íbamos a ver a La Patrulla Espacial, a Prieto viaja al cosmos con Mariano, a El mató a un policía motorizado. Lo que nos duele es que talentos hay un montón, pero a veces no hay tantos oídos para eso. Queremos ser referentes de esta generación.

¿Qué es lo nuevo?
B: Creo que lo único que vale hoy en día es el talento. Porque las herramientas las puede tener cualquiera, hay miles de pibes que graban y suben a internet. El talento va a hacer que sobresalgan. Y hay un montón de bandas que entienden esta lectura: Ministerio de Energía, Los brazos largos, Indios. Hay grupos experimentales, pop, de todo tipo. El tema es que vivimos en una cultura que depende mucho del tiempo de asimilación para aceptar a una banda, eso implica que se necesiten 10 años para que una banda sea parte de la cultura popular. En nuestro caso, recién ahora nos conoce bastante gente, y tenemos un respaldo, no es que se trata de un primer disco, con una canción como Química, y el resto que gira en torno a ella como una ansiedad pop pegajosa.

L: Lo que se impone es lo que tiene contenido, que implica una búsqueda de verdad. No es la cultura Twitter, que está buenísimo para difundir lo tuyo, pero no todo pasa por ahí. Hay quienes piensan que por tener seguidores en Facebook ya son famosos, hay muchos músicos confundidos. Se trata de llenarse el alma de lo que nos conmueva para luego poder espejarlo. Si empezamos a pensar en 140 caracteres, estamos reduciendo nuestra capacidad: ¿Quién te quita la gloria de leer un libro, de usar la imaginación? El paradigma va mutando en función de la tecnología, pero no vemos los discos como algo express, los pensamos a la vieja usanza. Hace poco leí un artículo que me gustó mucho, de Nicholas Carr, titulado “Is Goggle making us stupid?”, en el que plantea que el hecho de obtener la información en un segundo nos lleva a ejercitar menos nuestra inteligencia, a no hacer un esfuerzo de lectura, por comodidad. Más allá de determinadas herramientas tecnológicas, hay cosas que estuvieron siempre: la literatura, la poesía, la música. Cambia lo otro, la industria, pero eso siempre está.

Lo loco es que a ustedes ya se los mencionaba cuando tenían solo 20 años.
B: Cuando nosotros empezamos a apasionarnos por la música, todavía no existía el boom de internet de bajar y bajar discos Íbamos a las disquerías, veíamos las tapas, íbamos al Parque Centenario, intercambiábamos vinilos, nos juntábamos los sábados a la noche a escuchar vinilos enteros hasta las seis de la mañana. Escuchábamos música experimental, música alemana, rock, psicodélica. Yo no sé cuánta gente hoy en día conoce la tapa de los discos que escucha.

B: Con todas las herramientas que hay hoy en día, se supone que la gente debería ser más sabia que lo que era hace 300 años y me parece que no es así.

L: Está todo dado para que pensemos que enseguida vamos a ser famosos y exitosos.

¿Les han pesado en algún momento las comparaciones? ¿Por ejemplo, con Babasónicos?
B: La gente siempre tiende a etiquetar para sentirse más cómoda al momento de comprender, así que nos genera como una resignación más que una molestia. Con Babasónicos tenemos una influencia, una afinidad real. Íbamos a verlos, los conocemos. Las canciones tienen un punto de partida similar al modo en que ellos conciben la música, nos enseñaron a cantar en castellano la música que escuchamos de afuera. No nos molesta. Mucha gente sí o sí necesita compararte para entenderte.

L: A la larga vamos a demostrar que somos más que una banda similar a Babasónicos, nuestra carrera es más extensa que eso.

B: Nos parecemos en cuanto a la lectura que hacemos de la poesía. En un encuentro con Adrián (Dárgelos), me recomendó un libro que le había volado la cabeza, y me pasó algo parecido. Nosotros a ellos los admiramos. Y ahora volvimos a trabajar con Tuta: él trabajó en nuestro primer disco, estaba en Los Látigos, y años después se sumó a Babasónicos como bajista. Es la única persona que entiende nuestra visión de la música y nuestra visión humana, y sabe cómo complementarnos sin que lo tengamos que hacer nosotros, situación que podría llevar a inconvenientes.

L: Es una voz respetada por todos nosotros.

B: ¿Quién podía ayudarnos a elegir entre esas 50 canciones? Era él. Además, cada uno de nosotros tiene su manera de entender la composición y la producción, y todos proponemos y escuchamos. ¿Cómo equilibrar esas cinco visiones en una canción de tres minutos y medio? Hicimos el intento y nos dimos cuenta de que las canciones deberían ser de 30 minutos, o hacer muchos temas más. Tuta representa un oído externo-interno.

L: Es muy difícil bajar las ideas a la realidad.

B: Admeás somos una banda muy democrática, no toleramos que uno le diga al otro lo que tiene que hacer. Crecimos a la par, aprendimos a tocar, a componer, todos juntos. Y aparte es buena una mirada ajena.

¿Lo de Juanchi Baleirón cómo fue?

L: Hicimos tres temas y quedaron dos, Química y Por qué será. Jorge Serrano, de Los Auténticos Decadentes, nos recomendó trabajar con él. Juanchi había producido Sigue tu camino. Después PopArt nos sugirió lo mismo. Química empuja la obra de la banda, empuja a otros temas. Juanchi es un productor pop y Tuta es más rockero, más crudo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Hora de almuerzo

Los codos junto a los codos
de los de al lado,
que también son trabajadores cansados.
Azulejos blancos, manteles permeables,
paneras de mimbre,
vino, soda, carnes, guisos,
ravioles, no hay postre.
Ni tiempo.

Relojes de pared, sonoros,
plásticos y de madera porosa,
dictan un ritmo constante,
veloz, molesto, y que recuerda:
hasta aquí, nomás.
No más.

Los codos se chocan con los codos,
el ruido habla más que las palabras,
la espalda se tuerce hacia los platos,
los relojes son más veloces que los momentos.

Se extingue el ocio,
risas aisladas, ecos de lo que fue hasta recién.

No hay un día que termine, sino una tarde por delante.

viernes, 29 de agosto de 2014

Cae la tarde

Una foto que baila frente a mí,
tan solo ante mis ojos, ahí nomás,
con insolencia y complicidad.

Los recuerdos se contradicen a empujones
y patadas, pero en silencio,
un silencio atronador
que da jaqueca.

Las fotos no siempre guiñan un ojo
al que las mira.
Nos devuelven algo que es como el polvo
que levanta una camioneta en un camino de tierra
por el desierto seco y silencioso.

Y nos pueden raspar
como lo hacen los bordes hostiles
de ciertas plantas
y de las hojas menos risueñas.

Cuando cae la tarde,
se mezcla niebla,
se esconde la luz,
ahí aparecen certezas agrias.

Esto ha sido con sangre de mártir
No lo sé pero lo sospecho

No tengo pruebas pero lo sé...

jueves, 17 de julio de 2014

Entrevista a Liliana Herrero

A continuación, una entrevista realizada a la cantante Liliana Herrero. Fue publicada parcialmente por la revista Área Urbana, aquí va el diálogo completo. La artista habla de Villaguay, localidad entrerriana en la que nació y creció, pero también de sus inicios con la música, su mirada acerca de la creación, los legados culturales, el rol del mercado, la estandarización como una amenaza, su último disco y algunos de sus referentes, entre otros temas.


No creo que deje de ir a Villaguay, sería insoportable”

Aunque hace rato que reside en suelo porteño, la cantante Liliana Herrero no puede olvidar ni dejar de visitar su ciudad natal, en la provincia de Entre Ríos.

A su memoria vienen recuerdos felices y de su boca parte el relato de fragmentos de su infancia y juventud en Entre Ríos, donde nació y creció, pero también en Rosario, donde estudió Filosofía. “Mis hermanos y yo nacimos en Villaguay, un pueblo chico de 30 mi habitantes en el medio de la provincia, aunque más tirando hacia la costa del río Uruguay. Eso me gustaba mucho durante mi infancia, lo recuerdo con mucho cariño. Viajábamos mucho para el oriente, íbamos menos para el lado de Rosario, aunque paradójicamente todos -mis hermanos y yo- terminamos estudiando en Rosario”, cuenta Liliana Herrero, cantora siempre asociada a los sonidos folclóricos, aunque en permanente búsqueda de novedades musicales. Y agrega: “Íbamos mucho a Concordia y cruzábamos a Salto; a Colón y cruzábamos a Paysandú; a Gualeguaychú y a Fray Bentos. Los puentes no estaban en ese entonces. Y cada tanto íbamos a Rosario, ahí vi todo el proceso de asfalto de Villaguay a Paraná, el túnel, la autopista de Rosario-Santa Fe, se fue armando con el paso de los años. Nosotros viajábamos en condiciones muy precarias: caminos de tierra, la maroma, la balsa, cruzar el Paraná. Mi madre iba a hacer compras al Uruguay, cuando era más barato, ahora es carísimo”.

¿A qué se dedicaban sus padres?
Mi madre era farmacéutica, y mi padre, bioquímico, estudiaron en Rosario. Mi padre era de Gualeguay, mi madre era de Colón, provincia de Buenos Aires, luego se fue a San Nicolás y después, con toda la familia, a Rosario, donde conoció a mi padre. Más adelante se instalaron como profesionales de la salud en Villaguay. El sueño de mi padre era volver a Gualeguay, donde había nacido, pero ya había muchos bioquímicos y era un pueblo chico. En mi casa era impensado que nosotros no hiciéramos una carrera universitaria: mi hermano mayor estudió Medicina, ahora vive en Santa Fe. Yo estudié Filosofía, y mi hermano menor, que falleció el año pasado, estudió Ingeniería. En mi casa, al ingresar, se veían los títulos y una placa de bronce de la Universidad Nacional de Rosario, era una marca registrada.

¿Cuándo empezó a tocar música?
Yo fui sola a la casa de Juanita, una vecina que vivía enfrente de nuestra casa, a aprender a tocar el piano, creo que tenía ocho o nueve años. Ahí aprendí a leer música, algo que me ayudó muchísimo, hoy yo leo a primera vista y no tengo dificultad. No aprendí a escribir, pero leer ayuda mucho para las músicas más complejas. Cuando hice el disco Recuerdos de provincia -como el libro de Domingo Faustino Sarmiento-, la dedicatoria fundamental es a Juanita. Ella aumentó en mí la sensibilidad musical que ya venía por escuchar tanta música en casa. Mi padre, un gran melómano, tenía una gran colección de música clásica.

¿La idea de que sus hijos siguieran carreras universitarias suponía descartar a la música como principal ocupación?
No lo pensamos en términos profesionales. Mi papá nunca me dijo nada al respecto, aunque para él había que hacer una carrera universitaria, sea la que fuera. Cuando él falleció yo ya había empezado a cantar profesionalmente. Él estaba muy contento con eso, aunque también lo alegraba que yo fuera profesora universitaria, también fui directora de la carrera de Filosofía de la Universidad Nacional de Rosario durante cinco años. Para mí fue ayer que murió, lo tengo presente todo el tiempo, era un tipo muy interesante. Al poco tiempo murió mi madre, ahí se disuelve el núcleo fundante de Villaguay. Quedó mi hermano menor hasta que falleció el año pasado. Viven allá mis sobrinos, mi cuñada. No creo que yo deje de ir a Villaguay, sería insorportable moralmente.

¿Por qué el folclore suele hacer referencia al lugar de origen, a la tierra, la identidad?
Yo creo que la identidad es algo a lo que uno hace referencia pero confusamente, porque la identidad es un concepto complejo y confuso. La identidad no es un conjunto de notas esenciales, porque si fuera eso nosotros no podríamos más que remitirnos a ese núcleo original indefinidamente, y no podríamos pensar otra posibilidad para la música ni para las vidas ni para los países. No estoy diciendo que no hay notas identitarias, algo hay. Existen, confusamente, lábilmente, se mueven también, son una construcción histórica, eso no quiere decir que no haya un suelo, una memoria cultural, poética, musical, política, geografica. Me parece que hay que evitar por un lado la idea de la constante construcción sin suelo, y al mismo tiempo evitar la idea del suelo como algo que te ata sin que puedas pensar otra cosa, como una eterna nostalgia. Para mí sería un error, el tradicionalista es un nostálgico. La nostalgia supone que lo que fue hecho es lo único que hay, que eso se perdió, que no puede superarse ni recuperarse. El tradicionalista piensa que defiende valores antiguos determinantes para pensar el presente. Finalmente piensa que es imposible de ser recuperado, por eso cree que hay que retornar y retornar siempre. Es un dilema del pensamiento sobre la historia. Y es un pensamiento que se extiende a la música, al arte y a cualquier práctica.

¿Abundan los tradicionalistas?
En determinadas regiones, donde se concentra un pensamiento más conservador, puede ser. Es un debate necesario, es realmente interesante. También está el tradicionalismo ligado a las formas más sofisticadas del mercado y la estandarización. Esa alianza existe y es inconcebible. Si algo borra y disuelve las escasas, complejas y lábiles notas identitarias que tienen los pueblos es la estandarización.

Y la mercantilización...
Claro. La mercantilización, la lógica del mercado y la globalización suponen la disolución de los suelos, de los géneros, de todo, borra las diferencias y estandariza hasta un sonido: todo hi-fi, todo arriba, sin graves, sin suelo, sin piso. Eso para mí es gravísimo. Hay una historia del oído, no es cierto que siempre escuchamos así. Lo que pasa es que la presencia del mercado es extraordinaria, porque de lo que no se duda es de que eso fue siempre así, que ese fue el sonido que siempre escuchamos, es increíble. Es un triunfo alucinante del mercado de los tiempos que corren, casi religioso.

Como el fin de la historia...
Como una historia sin pasado.

Lo que decía antes acerca de los tradicionalistas me hace pensar en el tango y Astor Piazzolla, como un caso paradigmático.
Bueno, la vida musical de Piazzolla fue un gran sufrimiento. Hay muchos que han sufrido las persecuciones auditivas, armónicas y melódicas. No solo él, lo que pasa es que el caso Piazzolla es emblemático, fue profundamente rechazado, no hubo aceptación. Pero los otros días, mirá qué paradoja, acá en Boedo había un festival de tango que se llamaba algo así como Sin póster para Europa, una propuesta de volver al tango pero no como recurso turístico, sino con sus formas más populares. La crítica ponía el acento en los estereotipos, no estaba la figura del hombre y de la mujer estilizados que ya no se sabe qué bailan. Piazzolla proponía otro sonido, fue rechazado y luego aceptado allá, y al mismo tiempo el tango se alió a las formas más extraordinarias del mercado, los medios y del turismo y se transformó en una suerte de baile sin suelo, ideal para franceses, japoneses y los que vengan. Ahora no me acuerdo exactamente la consigna del festival pero el concepto era ese. Hay que volver a determinadas formas espontáneas de la música para combatir esa estandarización. El mundo contemporáneo es muy complejo. Hay que pensar el pasado con formas altamente tecnologizadas, y va en camino de mayor tecnologización. Eso hace que el diálogo musical, los préstamos culturales -digamos así- sean imprescindibles. Hay que estar muy alerta...

Y siempre están los resquicios para la creación.
Sí, y los préstamos culturales son interesantísimos, pero no como disolución de algo, yo no coincido con la idea de disolución de los géneros, yo creo que hay fronteras, que esas fronteras dialogan entre sí. De esa gran conversación, de ese gran diálogo entre personas, entre géneros, personas con inscripciones y tradiciones diferentes, puede aparecer una obra artística interesante.

Ha dicho que prefiere hablar de choque de culturas y no de fusión.
Por eso, no hay que fusionar.

¿La fusión supone disolución?
Supone disolución y una especie de instancia superior mejor que las anteriores. Yo no creo en eso, no hay progreso en el arte, distinta es la ciencia. El arte no tiene progreso, tiene interrogaciones culturales, temporales, históricas, pero por qué suponer que la pintura hoy es mejor que lo que hizo Miguel Ángel. Creo que no se puede pensar la pintura sin Miguel Ángel, o Brueghel, no se puede pensar la música sin su historia, pero tampoco sin el mundo contemporáneo tal cual es y tal cual se presenta la música en él. Todo esto representa un conflicto, un problema...

Pone en discusión a la crítica de arte también...
Por supuesto. Hay muy pocos críticos de arte interesantes en el país, en la música. Pero cuando hay alguien que escribe algo y te hace pensar en lo que vos mismo hacés, es para festejar, yo lo celebro enormemente, porque la crítica está en un diálogo precioso con la obra.

Pero a veces la crítica plantea qué está bien y qué está mal en el arte.
Bueno, cuando las críticas son muy rápidas y estandarizadas establecen un canon. Yo trato de retirarme de ese canon. Pero cuando la crítica es honda y dialoga realmente con la obra y con la época, es apertura y reflexión. Eso produce un pensamiento en conjunto, que es muy interesante. Pero la misma música tiende a establecer cánones, por eso hay que estar muy alerta. Y también es necesario poner en el horizonte de la reflexión la idea de que lo que uno va a hacer no es un canon, sino que es un modo, y no privilegiado, de interrogar el pasado, y punto.

¿Cómo fue el trabajo de Maldigo?
Fue un proceso, la hechura de un disco mío es larga, lleva un año fácil. Elijo los temas, algunos quedan, otros los descarto. Es un proceso largo, muy gozoso y muy angustiante al mismo tiempo. El trabajo que yo hago siempre es en conjunto con los músicos. Además, siempre convoco un co-productor, en este caso invité a Lisandro (Aristimuño). Fue muy interesante esa experiencia, Lisandro vino a todos los ensayos, hizo aportes interesantísimos, todos lo hicieron. Muchos arreglos los hizo Ariel Naón, algunos Pedro Rossi, otros los hice yo con Pedro. El arreglo que se trae al ensayo no necesariamente es el definitivo, se sigue aportando sobre eso, es un proceso muy enriquecedor, es una conversación. Yo creo en esa forma, pero no es la única, hay quienes tienen otros sistemas, otros modos y formas para la canción, o para un disco. Yo no soy compositora, soy intérprete, me apropio de una canción, la interrogo y veo qué puedo formular en esa interrogación. El compositor quizás trabaja distinto.
Con Pedro toqué a dúo en City Bell, al principio pensé en que lo que hacíamos con la banda había que reducirlo a un formato de dos voces y una guitarra acústica o eléctrica, pero me di cuenta que reducir no era la palabra correcta, en todo caso se trataba de reformular el horizonte auditivo sobre el cual tocar y cantar, y aparecieron cosas muy hermosas.

¿Cuesta armar la lista de temas para el disco?
Yo quería cantar algunos temas, fue el momento de pensar la posibilidad de hacerlos. El caso de Miguel Abuelo, Oye niño; el caso de Garzas viajeras, de Aníbal Sampayo; Bagualín, de Fernando Barrientos; Run run se fue pal norte, de Violeta Parra, apareció azarosamente, cantábamos mucho ese tema en un viaje que hice. Casamiento de negros también, un día estaba con Juan Falú y él me dijo que de Violeta le gustaba esa canción, me puse a pensar cómo hacerla, hubo un arreglo de Lisandro, quien, a su vez, me sugirió Marte, de Tomás Aristimuño. Esa canción me pareció preciosa, la idea del destierro y del no lugar es algo que quería plantear en el disco, se lo di a Guillermo Klein para que lo arreglara. Milonga para la muerte es un tema de Juan y de (Hamlet) Lima Quintana que quería hacer. Otros aparecieron azarosamente en el momento de estar cocinando el disco, es muy lindo cuando pasa eso. Y si no pasa eso, se abandona, si es que no se encuentra una forma que nos convenza.

Ha dicho que el título funciona como un concepto polisémico.
Es polisémico, sí...

Y que tiene que ver con una mirada hacia un mundo extraño, injusto... ¿qué ve en la música como praxis en un mundo que “genera maldecir, que genera afonía”?
Yo creo que la música tiene esa capacidad de transformación de las cosas. Porque la música va directo a una especie de educación sentimental, en el sentido de sensibilidad, el arte en general creo que tiene esa función, si es que tiene alguna. Difícilmente yo me pare en el escenario para hacer pedagogía. Al mismo tiempo, la música tiene esa extraordinaria capacidad de emoción, y me parece que puede intentar una pequeña reflexión sobre el estado de las cosas, cada música lo intenta. Sino estamos sin suelo, como si estuviéramos cantando en una especie de no lugar. Y hay una memoria, insisto en eso, y lo noto en un acorde, cuando Juan Falú toca sabemos que es él, como lo supimos con Eduardo Falú y con Atahualpa Yupanqui, y está todo el peso de la historia. Pero el peso de la historia no como notas esenciales, sino como tensión y lucha. Por eso el concepto world music y la disolución de los territorios no me gustan, no puedo pensar en esos términos.

Se trata de buscar una síntesis que no sea ni el tradicionalismo, que no se abre las puertas a otros sonidos, ni la globalización que borra cualquier diferencia...
Lo que ya se ha hecho, la memoria sobre la que cada uno de nosotros se recuesta para inscribir su vida, está siempre en estado de elocuencia, está siempre en estado de habla, eso es lo que nosotros tenemos que escuchar, ¿cómo suponer que el canto de Miguel Abuelo no me habla? Es un disparate. Su música, el modo abismado y desesperado que el encontró para cantar es extraordinario. Y hay que decir esa frase, “todo lo que ata es asesino”, hay que pensarla, y él la dijo. Como Yupanqui dijo sus frases y tantos otros. La música, pasada o presente, está en estado de habla, y hay que estar muy alerta. Dos ideas determinantes en cuanto a la actitud frente a la música: estar alerta para escuchar y al mismo tiempo inventar.

¿Qué la conmueve hoy en día?
Muchas cosas, muchos músicos que están diseminados por todo el país, buscando modos. Siempre me inhibo un poco de poner nombres, porque veo la nota y me doy cuenta de que no nombré a alguno. Hay músicos que hace mucho tiempo están tocando, como Nora Sarmoria, o voces con las que me encuentro desde hace poco, como Luciana Jury, pero son ejemplos, hay miles de nombres más. Mauricio Bernal, que integra la sinfónica de Entre Ríos, toca en el disco mío, es un muchacho muy joven, hijo de un amigo, lo vi crecer, es un gran marimbista. El aporte que hizo en el disco fue muy importante, tocó menos temas de los que yo hubiera querido. Hacía tiempo que quería compartir algo con él, lo invité al Coliseo a la presentación del disco. Con Lisandro también toqué poco, solo en La Plata, hubo cuestiones personales que me impidieron tocar, como la enfermedad de Horacio (González, su pareja, director de la Biblioteca Nacional).
En el nombre de Mauricio hay muchos nombres, en el nombre de Luciana hay muchas cantantes. Nadia Larcher también es una cantante preciosa. De modo que hay música para rato, hay futuro, aunque no sea en el horizonte, en el universo o en el escenario del mercado. Esas músicas no van a ingresar ahí. Y yo celebro eso. No porque no quiera que se difunda muchísimo más, pero hoy el mercado aplana, achata y borra, y esas músicas no ingresan.

No es gratuito el ingreso, entonces.
Y tendrán que pasar miles de años para que las transformaciones culturales que exige el ahora, estos tiempos, se coagulen en algo novedoso, como sí fueron los ´60 y los ´70.

¿A estas músicas les está vedada la masividad?
Sí, les está vedada. Pero como la masividad exige un aplanamiento y un borramiento de las diferencias y una música estandarizada, hoy tengo que celebrar eso. Si las condiciones culturales cambiaran y se pudiera profundizar en una reflexión a largo plazo, se podría pensar en un horizonte auditivo diferente. Pero en este momento, ¿a qué programa van a ir? ¿Al de Tinelli, al de Susana?

Al de Lalo Mir, Encuentro en el estudio.
En el de “Lalo” hay posibilidad de conversar, pero es un pequeño mundo.

Había uno del Chango Spasiuk...
Pero son pequeños mundos, aunque no hay que despreciarlos. Yo celebro que existan, ojalá haya muchos más, miles. También celebro que haya encuentros de músicos, distintos a la organización de los festivales, que es una suerte de supermercado de la música. Hay otras experiencias, recostémosnos en ellas.

De todas formas, imagino que dentro de lo aceptado por el mercado habrá propuestas que te resultan interesantes
Me resulta difícil. Yo no veo ni oigo en televisión, radios y festivales algo novedoso que me atrape.

Tal vez algunos que hayan hecho sus armas antes, como Gieco.
Sí, León, Teresa (Parodi), Peteco (Carabajal), cuya presencia es popular y masiva, y su horizonte sonoro y su coherencia son extraordinarias. Son casos absolutamente respetables. Siempre se puede disfrutar de un (Charly) García, de un Fito (Páez), siempre hay grietas para escuchar esas músicas. Incluso los que no están, Luis (Spinetta) planteó un mundo sonoro totalmente novedoso, o (Gustavo) Cerati, con un canto precioso. Pero después el mundo sonoro en general de los festivales no logra despertar en mí interés artístico y estético. Hay músicos que no están allí, no quieren ir, como Carlos Aguirre, que hizo hace dos años una carta con los motivos por los cuales él no iba a Cosquín. “Ahí no hay música”, dijo. Y yo creo que es cierto, la gran ausente es la música. Se necesita una enorme transformación cultural, que implicaría retirarse de esa alianza horrible entre el mercado y los medios, una alianza muy poderosa y triunfal. Esa es la situación, que supone un combate, una resistencia, propuestas, supone muchas cosas de uno, y cada uno va por los caminos que pueda, por las grietas que siempre hay, por los senderos bifurcados del mundo cultural.

Alguna vez afirmó: “Yo canto para no morir”. Si no cantara, ¿qué imaginá que estaría haciendo?
Pienso que estaría en la vida universitaria, que daría clases, si no me jubilaran de prepo. Tal vez escribiría algunas cosas. No me imagino en otras actividades más que la lectura, la escritura, la enseñanza y la música. Decir “yo canto para no morir” es poco feliz, una vez que la dije no me gustó mucho. No soy eterna, pero la conciencia de esa no eternidad, de la condición humana, de la finitud, queda suspendida en el momento de cantar, se da la ilusión de la suspensión del tiempo. Eso es lo que quise decir. Pero es la conciencia de la finitud la que hace que uno tome ese camino, para que ilusoriamente se suspenda algo inevitable, la condena propia de la condición humana.

Algo asó como “mientras canto estoy vivo o viva”...
Sí, pero la muerte no está al final, sino al principio, porque es desde el principio que sabemos eso. Y tal vez esa es la condición del arte.

Y además las canciones quedan.
Como dijo un escritor argentino: “¿Y a mí qué me importa que las canciones queden si yo ya no estaré?” También está esa posición. La cultura ha instalado esa idea, la ilusión de que la permanencia y la eternidad quedan en la obra. Posiblemente, sí, posiblemente, no. Posiblemente desaparezca un tiempo y luego reaparezca. ¿Qué va a pasar con las músicas de Gerardo Gandini? Está esa obra, que es magnífica. Siempre habrá quien retome esa experiencia artística, que es sensacional. Puede ser que desparezca un tiempo. En el horizonte cultural de los medios no está, aunque de hecho nunca estuvo. La música es un juego, pero un juego responsable: hay determinadas cosas que hay que oír, hay que estudiar, escuchar, hay que inventar. Estar alerta, muy atentos, e inventar, esas son las dos claves. Inventar formas para combatir esa estandarización del oído, tenemos esa capacidad y hay experiencias en ese sentido, muchas. Esa memoria no puede disolverse.

David Bowie, por ejemplo, siempre fue inventando y fue masivo, lo mismo ocurrió con Pink Floyd y los Beatles.
Nick Cave, Lou Reed, Radiohead. Hay discos de Los Redondos que son maravillosos, fueron muy importantes, ahora hace mucho que no los escucho, pero siempre hay que volver a esos discos. Por eso uno guarda los discos, ¿sino para qué?

¿Escucha música por internet?

Sí, pero ahora que me compré unos parlantitos bastante buenos, porque los audios de las computadoras son abominables. Tenía unos auriculares muy buenos pero me los robaron. También es cierto que escuchar con auriculares te aísla mucho, y yo necesito ese aire que hay entre el sonido emitido y el escuchado. Hay mucho de la (Joni) Mitchell en internet, es alguien que inventó algo en el mundo sonoro y musical con bandas increíbles. Para mí el disco sigue siendo un objeto muy preciado, y el de vinilo también, tengo la bandeja arreglada, escucho mucho vinilo, el audio es radicalmente otro, en relación al CD. Cuanto más alta es la tecnología, más aplanamiento hay del rango sonoro, hay más compresión, más condensación, se quitan bajos, se quitan agudos. La era digital no fue mejor en términos auditivos. Y la diferencia entre escuchar un disco y escuchar un CD es notable. El arco sonoro es enormemente más amplio. Lo noto incluso con mis primeros álbumes, que han sido editados en vinilo y en CD. La masterización no existía, es algo de la era del compacto.

viernes, 16 de mayo de 2014

Caminos reiterados

Las gárgolas miran y ven,
de las grietas de las paredes emerge el pasto.
Significado mínimo.
De cada intervención se sospechan segundas intenciones,
algo que camina lento por entre muros y telas.
Opaco, gris, lejos de casa.

Se necesita un gran cuchillo bien afilado
para perforar la coraza de ese hielo.
Solo en mis manos el cuchillo no hiere,
pero sí pesa,
aunque no haga ruido al portarlo.

Deseos, anhelos,
No busquen más círculos cerrados.

La ruptura de lo que podría haber sido
socava ánimos.

Mucho tiempo, pocas ganas.
Una fórmula agridulce, áspera,
acompaña indolente y sin pausa
cuerpos errantes.

Lo bueno,
o lo malo (según qué ojos miren)
es que el camino, corto, traza un surco

que culmina donde había empezado.

viernes, 21 de marzo de 2014

Entrevista a Juan Quintero

La siguiente entrevista al músico Juan Quintero fue publicada solo parcialmente en la revista Área Urbana. En este posteo, el diálogo completo.


Hay gente que le canta a su lugar desde un lado muy genuino”

Se formó académicamente y es Profesor de Audioperceptiva y Solfeo y Profesor Superior de Dirección Coral, egresado de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, aunque dice que su primera escuela fue el entorno familiar y de amigos en el que se cantaba y guitarreaba hasta tarde, en su San Miguel de Tucumán natal. Y si bien ha sido premiado más de una vez como revelación del folclore, podría decirse que Juan Quintero hace rato dejó de ser novedad, tanto por su rol en Aca Seca Trío como junto a su mujer, la cantante Luna Monti. La pareja editó en 2013 el álbum Después de usted, que combina composiciones propias con originales versiones de canciones populares de autores tan reconocidos como Juan Falú, Juan Enrique “el Chango” Farías Gómez, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y los hermanos Pepe y Gerardo Ábalos, entre otros.
“Arrancamos a hacer este disco en julio de 2012. Cuando cerró la idea, cuando se definió, tuvimos claro que iba a llevar mucho esfuerzo, no solo por el trabajo sino también por lo económico. Pero necesitábamos hacerlo, había un pulso interno que nos decía eso. Arrancamos con energía y por suerte fue recibido así, lo percibimos al tocarlo en vivo. Estamos muy agradecidos por esa recepción, hace sentir que la música corre y fluye naturalmente, es como abrir la puerta y que te llamen”, dice.

¿Desde el primer momento lo pensaron como un disco con versiones y homenajes a la historia del folclore argentino?
Sí, y hay mucho de homenaje, es cierto, aunque desde nuestra óptica, claro. En cierta forma también hay, para quienes saben reconocer y están familiarizados con el folclore, ciertos guiños que dejamos con respecto a alguna versión del pasado. Buscamos reconocer con alegría que uno está nutrido por un montón de gente que ha abierto nuevos horizontes, que nos ha habilitado otra manera de ver, de pensar el mundo, de sentir las cosas. Eso es maravilloso.

¿Se puede hablar de una fraternidad especial en el folclore, al haber tantas versiones, reconocimientos y encuentros entre músicos?
Sí, pero siento que no es tan solo por el lado del cariño que se da el querer grabar o compartir el escenario con colegas. En este disco, y pasa a menudo, veo que va más allá de la fraternidad, es algo maravilloso, y responde a una necesidad de experimentar, ¿por qué no? Existe y celebro la hermandad, la solidaridad que se da en la música popular, que habilita un montón de cosas, hace que el producto sea realmente genuino, porque se hace con ganas, pero a veces no hace falta encontarse para que se produzca una unión.

Hay puentes generacionales...
Así es. A veces no hay ningún otro tipo de relación más que la obra, que es la que genera esa unión. Me refiero a referentes como (Juan) Falú, (Rodolfo) “el Chacho” Müller, (Gustavo) “el Cuchi” Leguizamón y (Manuel) Castilla.

¿Qué evocás de San Miguel de Tucumán y el vínculo con la música durante tu infancia y adolescencia?
Viví en San Miguel hasta los 18 años, cuando fui a estudiar a La Plata. Mi vínculo con la música siempre ha sido muy cotidiano, muy natural. Mis padres integraban un coro, así diría que ese contexto me marcó desde antes de nacer. Por otro lado, tenía amigos muy ligados al ámbito de las peñas, las guitarreadas, reuniones y trasnochadas, en las que todo el mundo cantaba. Fue una escuela muy importante, si bien nadie me dio una clase ahí aprendí algunas cosas que yo considero importantes, como el respeto por lo que está expresando el otro. Eso quedó muy grabado en mí.

¿Y a los 15 arrancaste con la guitarra?
A los 14. Pero venía, como te digo, nutriéndome de música desde bebé. Mi mamá no podía dejarme con nadie y me llevaba a los ensayos. Nunca me costó animarme a largarme con el instrumento; sí cierto pudor porque en el entorno había gente que tocaba muy bien, un caso es Juan Falú, que era cercano a la familia. Los hermanos (Pepe y Gerardo) Núñez también. Hubiera sido fácil amedrentarse. Pero también el respeto a lo que cada uno tenía para decir ayudado, ellos habilitaban. ¿Quién va a tocar la guitarra estando Juan Falú presente? Pero justamente ellos propiciaban eso, que cada uno hiciera su ofrenda. Llegaba gente que tocaba con mucha menor destreza, componían menos que Pepe o Gerardo, pero todo se recibía con respeto y cariño. Por eso no me fue demasiado difícil, hablo de gente maravillosa.

Lo que menos querían era inhibir...
Por supuesto.

¿Cómo percibís cierta costumbre del folclore por hacer referencia al lugar de origen, como un elemento central de la identidad?
No sé si se da siempre. A mí no me gusta mucho el folclore paisajista, que hay mucho. Hay gente que habla de su lugar desde un lugar muy genuino, de corazón, y artístico, ahí yo me saco el sombrero, pero hay otras expresiones que a mí no me gustan tanto: hablan de Tucumán, de las variedades de comida, de los tipos de empanadas, cómo se hacen las empanas, es un perfil turístico-paisajístico, y yo con eso me aburro. Sí creo que tratamos de mostrar lo mejor de nosotros, es normal, tiene que ver con hablar de nuestro lugar al relacionarnos con los otros, con recomendar ciertas cosas, pero no tanto en la música, en las letras.

En tus distintos proyectos las letras parecen referir más a lo humano en general, a lo existencial.
Sí, pero de todas maneras no es algo que yo descarte del todo lo otro. Recuerdo esa hermosa zamba: “Un violín gemidor / Junto a un bombo legüero / Y un viejo arpero / Nostalgias me traen de ande soy...” (N.: Zamba de mi pago, de Los Hermanos Ábalos), que habla todo de Santiago, y a mí eso me emociona profundamente. Tal vez con una leve modificación de las palabras y siempre de acuerdo a la interpretación de cada persona se vuelve una cuestión puramente turística. Es un filo, una línea muy sutil. Y es una opinión mía, a mí no me gusta ese estilo.

Además ocurre a veces que uno no puede racionalizar y encontrar el por qué algo no le gusta, tal vez una voz, una entonación lo conmueve y en otro caso no.
Sí, totalmente.

¿Cómo es tu relación con la música, como oyente, cuando estás en tu casa?
Busco por lugares muy disímiles, o que uno toma como disímiles porque por ahí son folclores de otro lugar. Hay algo en el sentir de los folclores de los distintos países que los hace hermanos, pero por ahí suena totalmente diferente. Se usan compases rarísimos, las afinaciones son otras. Con esas escuchas lo que se busca es tratar de cambiar rotundamente la percepción de la música. Escucho mucha música afín a nosotros, los colegas dejan sus discos, hay recomendaciones, circula mucha música popular argentina. Y cada tanto, por recomendación o búsqueda, me voy hacia algún lugar muy lejano: música clásica o pop, para airear un poco la oreja.

De las propuestas nuevas y jóvenes, ¿qué te ha sorprendido más últimamente?
Te pondría nombrar a tres, si bien me quedo corto. Nahuel Pennisi es un gran intérprete e instrumentista, y compone muy bien; Agostina Elzegbe compone bellas canciones y toca muy bien la guitarra; Ignacio Vidal compone canciones tremendas, toca junto a la catamarqueña Nadia Larcher. Me gustó mucho descubrirlos.

Se ve, sobre todo en Aca Seca, un rescate de ritmos folclóricos y a la vez la intención de experimentar y de mezclar con otros géneros...
Yo trato de no definirlo con esas palabras. La experimentación sin dudas se da, pero yo no siento que mezcle, sino que incorporo. Por ejemplo: estuvimos compartiendo tiempo con amigos españoles, que hacen música tradicional española, pero son muy viajados, han estado por Senegal, la India, y muchos lugares. Uno de ellos es percusionista, y tocan una seguidilla española, y de repente le meten un toque que es netamente senegalés. La raíz quizás es la misma y uno no lo sabe, entonces es más incorporación que mezcla. No se trata de cajones que se colocan dentro de otros, sino que tal vez hay vivencias que se dejan pasar y que luego se toman. Podemos estar hablando de fusión pero una en la que ambas cosas dejan de tener su identidad anterior y pasan a ser algo nuevo, que también puede considerarse folclore.

¿Qué presentaciones en vivo hay previstas para 2014?

Hay un viaje planificado a Estados Unidos con Aca Seca, para tocar en Carolina del Norte a fines de mayo, y uno con Luna a Alemania, donde tocaremos en Frankfurt durante junio. Seguramente se concreten presentaciones en otros lugares de Europa. A su vez, es probable que haya unas pocas actuaciones con ella en la ciudad de Buenos Aires y algunas en distintas provincias argentinas, algo que tenemos pendiente.

jueves, 13 de febrero de 2014

En busca de las voces

Todos los grandes baluartes ya se han bajado de este tren,
existe el riesgo de que queden voces sin portadores.
Todas las cosas que no discutimos.
Todas las que no se discutieron.
Las fronteras de la tolerancia suelen ser inciertas.
En tu ladrar se huele la desesperación.

Pican los pasos de la urgencia,
vagón tras vagón,
los ojos cada vez más abiertos,
pozos sin fondo.
Los pies, certeros, pero no los ojos.

La transpiración fría sacude los brazos al detenerse,
la agitación se contiene,
los ojos se entornan ahora.

Ese misterio, esa llama, esa elegancia, esa voracidad.
Unos especímenes muy raros.

Todas las cosas que no discutimos.
Todas las que no se discutieron,

hasta ahora.